sábado, 17 de julio de 2010

El hombre en la caja (extracto I de mi novela)

—¿Acaso soy el único que puede comprender a ese joven?

—Al parecer así es, pues ese joven se siente tan solo como tú lo estuviste hace tres años, con la diferencia que tu contabas con amigos cercanos a ti, que de alguna u otra forma, impidieron que llegues a cometer alguna locura.

—Si, lo sé... pero a pesar que tenía amigos, me sentía solo... sabes lo triste que fueron esos momentos de mi vida... y quizá aún lo siga siendo.

—No te desmoralices, más bien te dejo para que pienses una manera de ayudarlo.

—Está bien, no te preocupes amigo, estaré bien.

—Listo, cuidate.

Jhann salió de la casa y Dylan se quedó pensando en su habitación en lo solo que podía sentirse Drake, pues recordó que hace tres años, él atravesó una situación similar en la que nadie lo comprendía, que por ser un filósofo a la vez se sentía repudiado por la sociedad y por las personas que decían ser sus amigas. Luego, se quedó pensando en cómo podría ayudarlo y meditó toda la noche en eso.

Por otra parte, Drake quería morir, esa noche se sintió más solo que nunca, pues se había quedado solo en casa y sus amigos no le escribieron ni un solo mensaje por el celular, tampoco había recibido alguna llamada y empezó a sentir que su cuerpo se debilitaba, pues la depresión que lo invadía a diario no pensaba en otra cosa más que en la frase de Schopenhauer «la vida es sufrimiento y dolor», «sufrimiento... dolor»... era lo que se repetía a cada rato. Por más que intentó practicar un poco de música en su estudio, tan solo tocaba tristes melodías y su composición, la cual hacía que cada vez que la tocara, la depresión y la soledad se hicieran más fuerte.

Drake se decía a si mismo «ya no tiene sentido que siga viviendo... quisiera morirme y saber que ocurrirá cuando ya no esté en este maldito mundo»... y empezaba a tocar una nueva melodía con su vieja guitarra:

«Me siento tan mal... no siento esta vida,
me siento mal, no tengo melodía... solo percibo mi salida,
me siento mal todos los días... no siento esta vida,
solo me queda esta triste armonía... no sé que me falta todavía.

siento dolor por las noches y tristeza por el día,
no se quien soy o porque sigo padeciendo en esta vida...
el dolor más temible es el dolor del alma,
este dolor que siento me arrastra a la cama.

ya nada puede aliviar a mi alma,
pues mi soledad no tiene cura, ni tampoco calma,
quizá no tengo amor o quizás no se amar...
todo esto me da temor... pues en vez de amar... solo aprendo a lastimar.

ya no quiero seguir viviendo, ya no quiero estar aquí más,
solo me queda mi triste armonía... y quizá ya no la cante más».

Drake se sintió completamente solo y cayó tras tocar la última nota con su guitarra. No pudo sostenerse más, pues no sentía sus fuerzas, tan solo su pesar, su malestar y echado lo único que hacía era llorar, llorar y llorar como un niño desconsolado, pero se decía así mismo «ya nada tiene sentido... debo... debo... desaparecer». A Drake ya no le quedaban fuerzas, pues su depresión lo hundió tanto en su tristeza, que ni la solledad le quiso hacer compañía.

En eso, Dylan corría por medio del parque, llegó a la casa de Drake, se acercó y pudo verlo a través de la ventana, pero se asustó tanto, pues vio que Drake tenía un arma en la boca. Dylan golpeó el vidrio de la ventana para buscar la atención de Drake, logró romper aquel vidrio y Drake lo miró, sin embargo, este sacó el arma de la boca y le dijo: «Adiós, Dylan, me voy al lugar donde se encuentra tu madre o quizá al infierno... cuídate mucho». Después de pronunciar estas palabras, se pegó un tiró que se escuchó en toda la zona haciendo volar a los pájaros que dormían en aquellos árboles. Dylan gritó muy fuerte la frase «¡No debiste hacerlo!». En eso, Dylan abrió los ojos, vio su despertador, la hora marcaba las seis de la mañana y se dio cuenta que se había quedado dormido. Entendió que ésta última escena en la que él corría había sido solo un sueño y se dijo así mismo «ahora tengo que ir a conversar con ese muchacho».

Por su parte, Drake se había quedado dormido sobre su alfombra, abrazado a su guitarra eléctrica y rodeado de los platillos de la batería y uno que otro cable. De pronto, sonó el timbre de su casa. Drake abrió los ojos, se levantó muy cansado, observó por el ojo mágico de su puerta y dijo: «¿el filósofo?¡Oh no!».

(continuará)

Novela: El hombre en la caja (extracto 1)
Autor: David E. Misari Torpoco



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